Thursday, August 30, 2012

Nuevo mensaje del señor Ministro Leonardo Garnier

Nuevo mensaje del señor Ministro Leonardo Garnier ante la negativa de la Iglesia Católica a aceptar los nuevos Programas de Educación para la Afectividad y la Sexualidad Integral

¿Otra vez se oponen a la educación sexual?

Hemos recibido con extrañeza el comunicado de la Conferencia Episcopal en el que se oponen rotundamente a los Programas de Educación para la Afectividad y la Sexualidad propuestos por el MEP y aprobados por el Consejo Superior de Educación.
Compartimos mucho de lo que afirman los obispos en su documento. Coincidimos, por ejemplo, en su afirmación de que "el ser humano es esencialmente sexuado" y compartimos también su opinión en el sentido de que "si la sexualidad le es esencial al ser humano, esto nos lleva a afirmar que todo proceso educativo que pretenda ser integral, debe implicar necesariamente una educación sexual en todas sus dimensiones o aspectos, desde el físico-biológico al emocional, al afectivo, al religioso-espiritual, al moral…"

Precisamente así son nuestros programas de Educación para la Afectividad y la Sexualidad: involucran todas las dimensiones, desde lo físico-biológico hasta lo afectivo y emocional, incluyendo lo espiritual y, sobre todo, con un énfasis moral centrado en el respeto a la dignidad de la persona humana. 

Son programas que no se quedan en lo meramente reproductivo, sino que van más allá y se concentran en educar para el manejo de la afectividad, de la construcción de las relaciones humanas básicas, ayudando a nuestros jóvenes a sentirse dignos de ser respetados y, por supuesto, a respetar a los demás.

Lo que sí nos sorprende es que los obispos rechacen la sentencia de la Sala Constitucional que permite a los padres exceptuar a sus hijos e hijas de recibir este curso y que más bien afirmen –sin dar evidencia alguna– que  "si  en sí mismo el Programa es parcial, moral y pedagógicamente perjudicial, lo es para todos".

¿En qué sentido se puede afirmar algo tan dramático, sobre un programa basado más bien en el respeto a la dignidad de cada uno? ¿Qué puede ser “moral y pedagógicamente perjudicial” en un programa que lo que busca es, precisamente, que nuestros jóvenes finalmente tengan un espacio formal y adecuado para conocer y discutir sobre un tema que, como los obispos reconocen, es esencial a su condición humana: la sexualidad?

Particularmente extraña que los obispos consideren que nuestros programas son “ateos” porque en ellos "nunca se nombra a Dios". Recordemos que no se trata de un programa de educación religiosa, sino de uno para la Afectividad y la Sexualidad que forma parte del Programa de Ciencias. De hecho, tampoco se menciona a Dios en los programas de ninguna asignatura que no sea la de educación religiosa: no se le menciona en matemáticas, en ciencias, en español o en educación física y nunca a nadie se le ha ocurrido considerarlos “programas ateos”.

Tampoco podemos compartir la insistencia de los señores obispos de que estos programas no podrían darse "desvinculándolos de la dimensión propiamente religiosa". Por el contrario, dada la diversidad de visiones religiosas que puede existir entre los distintos estudiantes, sería inaceptable que un programa de sexualidad –o de ciencias, o de historia, o de artes– se apegara a una dimensión propiamente religiosa. No es ese el papel de la educación, sino el de las Iglesias y las familias.

Finalmente, a los señores obispos les molestan tres aspectos particulares de estos programas, que son –sin embargo– indispensables en cualquier programa serio de educación para la afectividad y la sexualidad.

El primer aspecto que molesta a los obispos es que "el Programa propuesto se nos ofrece una declarada preferencia por un enfoque descaradamente hedonista", en otras palabras – dicen – les molesta que los programas hablen del placer. Pero veamos esto con seriedad: ¿cómo dar educación sexual sin hablar del placer?

Nuestros programas de afectividad y sexualidad hablan del placer, por supuesto, pero promueven una comprensión responsable y respetuosa del mismo; reconocen que la sana sexualidad es inseparable del placer, pero insisten en que ese disfrute debe respetar siempre la propia dignidad y la de los demás. El sexo no es para utilizar o abusar de los demás –o para que abusen de nosotros– sino para contribuir a relaciones humanas más plenas.

Además, a los obispos les molesta  "la insistencia en la ideología de género y en la diversidad sexual" al punto que los consideran elementos "más de propaganda que de educación". De nuevo, debemos discrepar: nos parece imposible –e incorrecto– brindar una educación sexual que no reconozca y evidencie los cambios vividos en las últimas décadas en el papel de la mujer en la sociedad y en la familia, y en cómo esto incide en las relaciones afectivas y sexuales.

En cuanto a la diversidad, es imposible no reconocer que, independientemente de las valoraciones de cada quien, la diversidad ha existido a lo largo de la historia y, lamentablemente, ha sido una fuente de discriminación, violación de derechos, humillación y maltrato para muchos. Contrario a lo que han afirmado los obispos, nuestros Programas no buscan promover determinadas preferencias sexuales, sino simplemente garantizar el respeto de la dignidad de cada persona, independientemente de sus preferencias sexuales. 

No es la primera vez que grupos religiosos se oponen a la educación sexual. Esto no es nuevo. Lo que no se vale es que, una vez más, nos digan que ellos no se oponen a “la” educación sexual” sino que se oponen a “esta” educación sexual.

Siempre ha sido así: se han opuesto a todas las propuestas de educación sexual que, a lo largo de los años  han surgido del MEP. Por eso nunca hemos podido llenar ese vacío, a pesar del número creciente de embarazos adolescentes y del inicio cada vez más temprano de las relaciones sexuales. Por el bienestar de nuestra juventud, los nuevos Programas no merecen correr la misma suerte.

Los Programas de Educación para la Afectividad y la Sexualidad Integral aprobados por el Consejo Superior de Educación y avalados por la Sala Constitucional no pretenden sustituir el papel de las familias y las iglesias, pero sí buscan cumplir con una responsabilidad insoslayable de la educación costarricense: contribuir a que nuestros adolescentes puedan madurar de una forma más plena, menos atribulada, y que puedan vivir su sexualidad en una forma que sea al mismo tiempo más placentera, menos riesgosa y más responsable.

Leonardo Garnier Rímolo
Ministro de Educación.

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